Dicen que atravesó el puente con la esperanza de un
porvenir mejor, sin saber que habría al otro lado. Que sus botas resonaron
lentas en la antigua piedra, que a sus piernas les costaba avanzar, como si no
se atrevieran a separarse de sus recuerdos y que el sudor se enfriaba en un instante,
y cortaba.
Dicen que había calculado aquella huída hasta el último detalle, que de nada habría servido que claudicara de nuevo. Que había enterrado su orgullo en el fondo de una tumba de la que jamás permitiría que saliera, y que poco a poco, se había dejado robar los derechos que tantos sacrificios habían costado. Estaba sólo.
Dicen que atravesó el puente con la resolución de los desesperados, a la mentira de un porvenir mejor, sin saber que habría más allá. Que al llegar al otro lado miró atrás y descubrió que todo lo que anhelaba solo era el reflejo difuso de lo que había perdido.
Dicen que la tarde refrescaba y que sabía que quedaba mucho camino por delante. Que no dudó, que se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos y echó a caminar entre una bruma que hacía incierto el horizonte.
He tenido la sensación de que nunca estuve aquí, pero anoche, el jugo de un limón me devolvió la seguridad de que el cordón umbilical invisible a la anti-poesía existe, está cosido a mí con miles de agujas y grapas y aunque por momentos vuele lejos de la narrativa, siempre retornaré a las letras y a la tinta sin remisión. Gracias por aguardar.






