Tras
resbalar en la curva de Mercaderes el toro se da la vuelta. El resto de corredores,
cabestros, público, incluso el vallado y la ciudad, desaparecen. El blanco y el
rojo se esfuman. Solo queda el negro. Seiscientos kilos de negro intenso y
sudado que te miran, que huelen tu miedo. Un sonido, tu corazón bombeando con
fuerza. El toro rasca el suelo, y recuerdas. Recuerdas las palabras de tu madre
—No vuelvas tarde, ponte la chaqueta que hace frío, todo tiene solución, menos
la muerte—, recuerdas su entierro, los pésames y las coronas, dolor,
sufrimiento, resignación, dolor al descubrir el amor, primer beso, instituto,
primera novia, primeros cuernos, ruptura, universidad, Clara, amor, juergas,
licenciatura, muerte de tu padre, primer sueldo, boda con Clara, pisito en el
centro, ascenso, Nueva York, Miguel, tu hijo, interminables jornadas laborales,
tu segundo hijo, Héctor, vacaciones en la playa, segundo ascenso, viajes de
negocios, canitas al aire lejos de casa, amante, segundos cuernos con tu vecino
Héctor, divorcio y tu decisión de correr los Sanfermines. El toro rasca el
suelo pero no embiste. Te mira cómo si pudiera leerte el pensamiento y con ojos
brillantes, de lástima o de rabia, sube por Estafeta.
