28 jul. 2012

46 | Conciencia hostil



¡Y ahora, ha perdido una chancla! El día de la lectura de la herencia de Tía Rosita. Medio descalzo, entra en el despacho con porte de campeón ajedrecista al que le han soplado la reina. Llega último. El albacea mira con desdén el pie sucio. Luego procede. Para el listillo de Ramón: la antigua granja; al estirado de Javier: el piso del ensanche; a la zorra de Ana y sus tetas comprimidas en un vestido insuficiente: el apartamento y las joyas; También está “la reina”, María. El divorcio aún no es oficial, así que igual rasca algo. Él, recibe la colección de botijos y sonríe. María se le acerca: feliz cumpleaños petardo, te lo dije, no eres nadie ni para tu familia. La veo alejarse con las manos vacías desde los ojos del memo, sin poder impedirlo. Quisiera irme con ella, dejarle yo también pero sigo encerrado…
De regreso, encontramos la chancla, aunque para entonces las ampollas ya han dejado de sangrar.

Cómo dice Ximens, este microrelato fue presentado (con éxito o sin éxito depende de lo que os guste o no) al concurso de relatos sobre abogados de junio. Eso si, no fue seleccionado entre los mencionados.  

20 jul. 2012

45 | El nuevo mundo



Dicen que atravesó el puente con la esperanza de un porvenir mejor, sin saber que habría al otro lado. Que sus botas resonaron lentas en la antigua piedra, que a sus piernas les costaba avanzar, como si no se atrevieran a separarse de sus recuerdos y que el sudor se enfriaba en un instante, y cortaba.

Dicen que había calculado aquella huída hasta el último detalle, que de nada habría servido que claudicara de nuevo. Que había enterrado su orgullo en el fondo de una tumba de la que jamás permitiría que saliera, y que poco a poco, se había dejado robar los derechos que tantos sacrificios habían costado. Estaba sólo.

Dicen que atravesó el puente con la resolución de los desesperados, a la mentira de un porvenir mejor, sin saber que habría más allá. Que al llegar al otro lado miró atrás y descubrió que todo lo que anhelaba solo era el reflejo difuso de lo que había perdido.

Dicen que la tarde refrescaba y que sabía que quedaba mucho camino por delante. Que no dudó, que se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos y echó a caminar entre una bruma que hacía incierto el horizonte.

He tenido la sensación de que nunca estuve aquí, pero anoche, el jugo de un limón me devolvió la seguridad de que el cordón umbilical invisible a la anti-poesía existe, está cosido a mí con miles de agujas y grapas y aunque por momentos vuele lejos de la narrativa, siempre retornaré a las letras y a la tinta sin remisión. Gracias por aguardar. 

7 jul. 2012

44 | Indulto Taurino



Tras resbalar en la curva de Mercaderes el toro se da la vuelta. El resto de corredores, cabestros, público, incluso el vallado y la ciudad, desaparecen. El blanco y el rojo se esfuman. Solo queda el negro. Seiscientos kilos de negro intenso y sudado que te miran, que huelen tu miedo. Un sonido, tu corazón bombeando con fuerza. El toro rasca el suelo, y recuerdas. Recuerdas las palabras de tu madre —No vuelvas tarde, ponte la chaqueta que hace frío, todo tiene solución, menos la muerte—, recuerdas su entierro, los pésames y las coronas, dolor, sufrimiento, resignación, dolor al descubrir el amor, primer beso, instituto, primera novia, primeros cuernos, ruptura, universidad, Clara, amor, juergas, licenciatura, muerte de tu padre, primer sueldo, boda con Clara, pisito en el centro, ascenso, Nueva York, Miguel, tu hijo, interminables jornadas laborales, tu segundo hijo, Héctor, vacaciones en la playa, segundo ascenso, viajes de negocios, canitas al aire lejos de casa, amante, segundos cuernos con tu vecino Héctor, divorcio y tu decisión de correr los Sanfermines. El toro rasca el suelo pero no embiste. Te mira cómo si pudiera leerte el pensamiento y con ojos brillantes, de lástima o de rabia, sube por Estafeta.

1 jul. 2012

43 | Ficciones



En esto descubrieron treinta o cuarenta gigantes que había en aquel campo sembrándolo de caos, y así como Don Quijote los vio dijo a su escudero: Ves amigo Sancho, que en verdad estoy curado, que ya no veo gigantes donde solo se descubren acobardados molinos de viento. ¿Qué molinos? Dijo Sancho Panza, tirando tan fuerte de las riendas del rucio que apunto estuvo de arrancarle la quijada. Aquellos que allí ves, respondió su amo, observa bien sus aspas volteadas por el viento para hacer andar la piedra de molino ¿Acaso no los oyes? Si quieres saber cómo acaba...

Relato presentado a esta noche te cuento en el mes de junio, a última hora, espero haber conseguido lo que quería.