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8 ene 2013

65 | Flores azules (carrera verde)

Ilustración de Sara Lew
Hoy da comienzo la carrera verde que ha organizado Luisa Hurtado desde su blog Microrrelatos al Por mayor. Pertenezco al equipo de los Brócolis y me ha tocado en suertes la primera posta. Le paso el relevo a Yashira, que se lo pasará a Paloma Hidalgo, que me lo pasará a mí para hacer una ilustración de la que nacerá el relevo de Puck, que entregará el último testigo a Francisco Manuel Marcos.

A ver cómo se nos dá esta carrera verde.


Satur atravesaba el complejo nuclear abandonado en su bicicleta nueva cuando pinchó. Si su madre pudiera verle por ese agujerito del que todos hablaban le hubiera dejado sin postre un mes entero, pero Satur necesitaba impresionar a Azucena y cuando Pedro le retó a traer una de las flores azules que solo crecían en la vieja central nuclear supo que no podía permitirse quedar cómo un cobarde. Todo lo que había oído de la central daba miedo. Pinchar en aquel momento era terrible, pero cruzar el extra-radio caminando de noche, eso sí era realmente peligroso. Al menos había cogido la linterna, así que decidió esperar que vinieran a buscarlo. Se sentó en las escaleras del edificio de oficinas y observó el contenedor de hormigón del gran reactor. Unos arbustos azules se encaramaban al muro agrietándolo con sus raíces. Mientras anochecía, Satur se lamentaba de haberse dejado llevar. Quizá Azucena no valorara tanto la valentía. De pronto, oyó un crujido que provenía del reactor. Encendió la linterna. El débil haz apenas alcanzaba un pequeño arbusto azul que crecía a unos treinta metros de donde estaba. La apagó, no quería quedarse sin batería. Un segundo crujido le hizo volver a encender. Nada. Solo alcanzaba a los arbustos más cercanos. Apagó. Crujido. Encendió. Aquellos arbustos parecían estar cada vez más cerca. Aguantó la linterna encendida durante minutos. Los arbustos no se movían. La bombilla empezó a fallar. Apagó. Crujido. Encendió. La luz era muy débil, pero no había duda. Los arbustos se le habían echado encima. Uno parecía crecer sobre la bicicleta. Se levantó e intentó abrir la puerta de las oficinas. Algo rozó su hombro. La linterna rodó por el suelo. Notó decenas de ramas rozándole, agarrándole. Perdió el conocimiento.

Despertó con el sonido del motor. Era de día. Su madre había venido a buscarlo con el todoterreno. Encontró la bicicleta y lo llamó a gritos durante minutos. Satur intentó llamarla, no pudo. Ella pasó ante él varias veces como si no lo viera. Al mediodía cargó la bicicleta en el coche y se alejó por donde había venido. Satur se miró las manos y entendió que en aquel estado debía olvidarse de su madre y de Azucena. Esperaría a la noche, para encaramarse al contenedor del reactor y así, poder agrietar el hormigón con sus nuevas raíces.