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| Ilustración de Sara Lew |
Hoy da comienzo la carrera verde que ha organizado Luisa Hurtado desde su blog Microrrelatos al Por mayor. Pertenezco al equipo de los Brócolis y me ha tocado en suertes la primera posta. Le paso el relevo a Yashira, que se lo pasará a Paloma Hidalgo, que me lo pasará a mí para hacer una ilustración de la que nacerá el relevo de Puck, que entregará el último testigo a Francisco Manuel Marcos.
A ver cómo se nos dá esta carrera verde.
Satur atravesaba el complejo
nuclear abandonado en su bicicleta nueva cuando pinchó. Si su madre pudiera
verle por ese agujerito del que todos hablaban le hubiera dejado sin postre un
mes entero, pero Satur necesitaba impresionar a Azucena y cuando Pedro le retó
a traer una de las flores azules que solo crecían en la vieja central nuclear
supo que no podía permitirse quedar cómo un cobarde. Todo lo que había oído
de la central daba miedo. Pinchar en aquel momento era terrible, pero cruzar el
extra-radio caminando de noche, eso sí era realmente peligroso.
Al menos había cogido la linterna, así que decidió esperar que vinieran a
buscarlo. Se sentó en las escaleras del edificio de oficinas y observó el
contenedor de hormigón del gran reactor. Unos arbustos azules se encaramaban al
muro agrietándolo con sus raíces. Mientras anochecía, Satur se lamentaba de
haberse dejado llevar. Quizá Azucena no valorara tanto la valentía. De pronto,
oyó un crujido que provenía del reactor. Encendió la linterna. El débil haz apenas
alcanzaba un pequeño arbusto azul que crecía a unos treinta metros de donde
estaba. La apagó, no quería quedarse sin batería. Un segundo crujido le hizo volver
a encender. Nada. Solo alcanzaba a los arbustos más cercanos. Apagó. Crujido.
Encendió. Aquellos arbustos parecían estar cada vez más cerca. Aguantó la
linterna encendida durante minutos. Los arbustos no se movían. La bombilla
empezó a fallar. Apagó. Crujido. Encendió. La luz era muy débil, pero no había
duda. Los arbustos se le habían echado encima. Uno parecía crecer sobre la
bicicleta. Se levantó e intentó abrir la puerta de las oficinas. Algo rozó su
hombro. La linterna rodó por el suelo. Notó decenas de ramas rozándole, agarrándole. Perdió el conocimiento.
Despertó con el sonido del motor.
Era de día. Su madre había venido a buscarlo con el todoterreno. Encontró la
bicicleta y lo llamó a gritos durante minutos. Satur intentó llamarla, no pudo.
Ella pasó ante él varias veces como si no lo viera. Al mediodía cargó la
bicicleta en el coche y se alejó por donde había venido. Satur se miró las
manos y entendió que en aquel estado debía olvidarse de su madre y de Azucena.
Esperaría a la noche, para encaramarse al contenedor del reactor y así, poder
agrietar el hormigón con sus nuevas raíces.