Presentado a la Fundación Camilo José Cela. Hoy cuelgo la entrada sin foto, porque no he encontrado ninguna ilustración adecuada y no tengo tiempo para dibuja una. Un saludo.
No perdamos la perspectiva, yo ya
estoy harta de decirlo, es lo único importante. Doña Rosa va y viene por entre
las mesas del Café cómo si continuara abierto. A veces se detiene, pregunta y
nadie le dice qué desea tomar. Ella alienta al bolígrafo sacando el vaho
directamente del estómago, anota con palitos lo que nadie le ha pedido, se
dirige al lugar donde antes relucía aromática la cafetera, abre el grifo y
entre muros que crujen, llena una tacita de porcelana sucia con restos de agua
oxidada. El color es de café cortado, así que no es de extrañar que vuelva a la
mesa donde nadie espera y lo sirva como si tal cosa. ¿Y qué dice el hijo? Para
lo que sirve, mejor que no diga nada. Ya sabemos que se enfadó el día que ella
le llamó Roberto, nombre del pretendiente con el qué según todos debía haberse
casado Doña Rosa al enviudar. El hijo estuvo años sin volver, y cuando lo hizo,
ya era un extraño a sus ojos. Ahora la vigila desde la ventana, por si se hace
daño o por si la atropellan, dice. ¡Por si se muere de una vez! Diría yo, que
de esto sé un rato. El pródigo lo único que busca es echar mano al Café para
venderlo y prenderle fuego a la poca fortuna que le quede a Doña Rosa. ¿Y qué
puede decir nadie de todo esto? Pues nadie la observa sin tocar el café, toma
notas en una libretilla para una novela improbable, y sin dejar propina vuelve
al purgatorio de Padrón.






