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3 ene 2013

64 | La correa



Soy de gatillo incómodo pero detesto la injusticia. El niño llegó al despacho caminando a regañadientes por las somantas. Aceptar el encargo fue pan mordido, pero saber a quien demonios pertenecía aquella correa era otro cuento. El escenario: La Cocina del Infierno, veinticinco manzanas podridas de edificios con personas ciegas, sordas y mudas. La pista: un cinturón de cuero largo, con varios agujeros adicionales, tan gastado que sólo podía pertenecer a alguien más desarrapado que los  gusanos. Pregunté por algún zángano malcomido que caminara sujetándose los calzones. Lo encontré, lo encañoné hasta un callejón. Sus rodillas crujieron contra los adoquines cuando mi cliente, aquel niño de apenas ocho años, salió de las sombras. Hijo, perdona, dijo, no lo haré más. Cierto, contestó él. Nadie se asomó a la ventana, incluso los gatos que rebuscaban en la basura permanecieron indiferentes cuando disparé. Dejamos el cadáver a las ratas, cobré y observé alejarse al niño. Había dejado de cojear.

Micro finalista en el certamen de novela negra de Dargerust.