Soy de
gatillo incómodo pero detesto la injusticia. El niño llegó al despacho
caminando a regañadientes por las somantas. Aceptar el encargo fue pan mordido,
pero saber a quien demonios pertenecía aquella correa era otro cuento. El
escenario: La Cocina del Infierno, veinticinco manzanas podridas de edificios
con personas ciegas, sordas y mudas. La pista: un cinturón de cuero largo, con
varios agujeros adicionales, tan gastado que sólo podía pertenecer a alguien
más desarrapado que los gusanos.
Pregunté por algún zángano malcomido que caminara sujetándose los calzones. Lo
encontré, lo encañoné hasta un callejón. Sus rodillas crujieron contra los
adoquines cuando mi cliente, aquel niño de apenas ocho años, salió de las
sombras. Hijo, perdona, dijo, no lo haré más. Cierto, contestó él. Nadie se
asomó a la ventana, incluso los gatos que rebuscaban en la basura permanecieron
indiferentes cuando disparé. Dejamos el cadáver a las ratas, cobré y observé
alejarse al niño. Había dejado de cojear.
Micro finalista en el certamen de novela negra de Dargerust.
