El viejo del sombrero gris entrará en
la tienda acompañado por un galgo pardo y pulgoso. Su perro no puede entrar,
dirá la dependienta forzando una sonrisa de dientes pequeños y encías anchas.
No es mío, contestará él. Pues ha entrado con usted, insistirá ella. Pero no es
mío, yo sólo quiero otro sombrero, este se ha descosido. El perro se sentará
paciente y un par de moscas revolotearán a su alrededor mientras la mujer
inspeccionara el sombrero: Pues esto no tiene arreglo. Señorita ¿Tendría
usted la amabilidad de enseñarme un sombrero similar? Primero saque al perro de
la tienda. Vamos “Chico”, ya volveré mañana a por esta señorita, hoy no podemos
llegar tarde, sólo espero que no haga demasiado viento allí arriba. El perro
echará a trotar, flotando hacia la luz, arrastrando el nudo corredizo que cuelga de su cuello.
